En 1992, encerrado en un hospital psiquiátrico para criminales mentalmente inestables, Thomas Quick confesó que había asesinado a un muchacho de once años. Durante los siguientes nueve años, Quick se confesó autor de más de treinta crímenes sin resolver, admitiendo que había torturado, mutilado, violado y que incluso se había comido a algunas de sus víctimas. El periodista Hannes Råstam se obsesionó con Quick. Investigó a fondo el caso y llegó a una conclusión horrible: Quick era inocente. Esta es la historia de cómo la policía sueca inventó un asesino en serie.