Una vez me abrí en canal para tratar de encontrarme y, entre las vísceras, estaba la poesía. Flotaba alegremente en la sangre, como quien camina descalzo y sin temor porque sabe que es su hogar y en su hogar es todo más ameno. Ella quería ser mi amiga y yo no quería estar sola, así que permití que se hospedara en mis adentros. Pronto me encariñé. Comencé a sentir miedo a perderla, a no ser suficiente, a que se ahogara a causa de mi tristeza. Sin embargo, aguantó. La jodida poesía es hueso duro de roer. Y, gracias a ella, aprendí a no esconderme como un animal malherido, a enseñar los dientes y afilarme las uñas con mis desvelos. Con paciencia y mucho esmero, construí un refugio donde echar raíces como un cerezo; para florecer de una vez por todas, después de tantos inviernos.