Un libro que flagrantemente incurre en la cacofon¡a tanto en el t¡tulo como en el subt¡tulo no puede (o en todo caso no debe) aspirar a la belleza. Hecha esta aclaraci¢n apof ctica, me atrevo a formular un prop¢sito m s o menos concreto: este humilde ramillete de invectivas maliciosas, exabruptos vitri¢licos y -¨por qu no admitirlo?- humoradas insolentes desear¡a suscitar en el eventual lector un peque¤o esc ndalo, una relativa sorpresa, a la vez grata e inc¢moda. Para ello me valgo de artificios tramposos y caprichos trasnochados, de consumaci¢n seguramente dispar, jugando a corroer la frecuente confusi¢n del yo l¡rico con el autor real, o para decirlo sin tecnicismos, del sujeto que enuncia el poema con el sujeto que lo escribi¢ (una confusi¢n, dicho sea de paso, ratificada por cuantiosas eminencias de la teor¡a y la cr¡tica literaria). A diferencia de mi primer volumen l¡rico, Liturgia privada, que se estira hasta mi juventud y aspira a la seriedad, casi todas las piezas de ste, mi segundo tomo, fueron redactadas espont nea y recientemente, en Buenos Aires y sus alrededores, por lo que acaso a modo de e