Los forzados de la ruta no es un libro de deportes más; es el acta fundacional de la mitología moderna del ciclismo. En 1924, el diario Le Petit Parisien envió a su reportero estrella, Albert Londres, a cubrir la decimoctava edición del Tour de Francia. Lo que Londres encontró no fue una plácida exhibición atlética, sino una "carrera hacia la muerte" protagonizada por hombres que pedaleaban hasta la extenuación bajo condiciones inhumanas. Estas crónicas periodísticas, enviadas desde la carretera y publicadas por entregas en dicho periódico entre el 23 de junio y el 20 de julio de 1924, fueron escritas por Londres siempre a lápiz, utilizando cuadernos o almanaques para capturar la inmediatez de las sensaciones y el "instante decisivo" antes de que se esfumara. Lo que hoy leemos como libro fue, en su origen, un fenómeno de masas que arrastraba hordas de lectores ansiosos por conocer el destino de ciclistas como los hermanos franceses Pélissier, las estrellas de la época, quienes revelaron al periodista la brutalidad de una competición alimentada por el polvo, el barro y el uso de sustancias paliativas. El val